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Nabón

Agroecología

A travez de un compromiso comunitario con el territorio, un colectivo de personas entrelaza sus recuerdos, voces, historias y sueños. Mientras cultivan la tierra, surge un ritmo colectivo de siembra. La creación de huertos collecttivos forjan conexiones que trascienden las divisiones exacerbadas por el capitalismo extractivo.

Las risas de las mujeres mientras siembran y estan con lxs niñxs se mezclan con la frágil esperanza de un futuro alternativo que están cultivando juntxs.  A su alrededor se reúnen hombres de la comunidad que desean condiciones de vida diferentes a las que ofrece la minería. Unificados, como si todos estuvieran «cobijados por la sombra del mismo árbol», las prácticas que hacen y dan vida, refuerzan la proximidad al territorio y a sus fuentes de agua amenazadas.

Las flores que se transforman inesperadamente en pequeños limones simbolizan futuros cargados de promesas, renovación y posibilidades.  Asi también, hay un florecer que se produce en la relación recíproca y profunda entre mujeres-tierra-agua: El alimento y el cuidado de las mujeres se entreteje en una reciprocidad constante con la vitalidad del suelo andino.  En medio de la fragmentación que las corporaciones mineras crean y mantienen, las plantas y sus frutos rehacen un mundo.

La sabiduría de las mujeres andinas es la fuerza vital indiscutible que orienta la toma de decisiones y las prácticas agroecológicas en Nabón. A través de su liderazgo, la comunidad decide plantar árboles frutales.  Algunas lo hacen para diversificar la alimentación de sus familias, otras para mejorar sus recursos económicos;  para otras es una forma de reconectarse con las memorias de la tierra y reivindicar la relación con su territorio.

Aguacates, duraznos, chirimoyas, tomates de árbol, toctes, limones y naranjas son repartidos y sembrados. Cada árbol se convierte en un eco del pasado y de sus practicas comunales, un recordatorio de la sabiduría que esta comunidad ha acumulado a lo largo del tiempo y sigue conservando.

Trabajar con la tierra aporta un sentimiento colectivo de esperanza y permite imaginar futuros libres de extracción.

Resistencia también implica caminar por las calles urbanas exigiendo agua limpia y recordando al público que sin agua no hay vida.

La comunidad grita una y otra vez «Un futuro sin minería».